Ocho poemas escritos al borde del Atlántico, entre la lava y el mar, entre la luz y la ceniza. El Lanzarote de Antonio Cruz aparece aquí como un territorio que no se deja recorrer sin ser transformado: una isla nacida del fuego, donde la piedra guarda memoria y el paisaje parece anterior a los hombres.
Estos versos son un inventario imposible: el de aquello que permanece cuando todo parece haber sido reducido a materia, silencio y horizonte. Un viaje por una isla que acaso sea también un viaje interior, allí donde la naturaleza, después de Dios, todavía conserva la capacidad de crear y destruir.
Lanzarote: el inventario de Dios es la memoria poética de un viaje y, al mismo tiempo, el intento de nombrar aquello que paradójicamente no puede inventariarse.

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